Te la regalo
Febrero
2007

- "Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos"

Y esta desestructura blanca y virgen se convierte en algo cada vez más deseado por mi código.
Sufre una metamorfosis aún más atroz que la kafkaiana y a veces es caótica...o es caótica cuando no es...en realidad, soy caótica cuando no es. Porque la entropía se vuelve defectuosa y no hay equilibrio que equilibre mi dialéctica enredada.
Entonces el vómito es inminente...¿e inmanente?
Existe un momento en el que el caos de letras dentro mío me incita, me empuja a volcarlas en una hoja en blanco, pero mi birome es incapaz de ordenarlas. Aunque invente paradigmas las letras no se unen con sentido, no puedo dibujarlas en la hoja, aún no les encuentro entonación.
Entonces la desesperación empieza. Las letras son cuales aquellos conejitos blancos y peludos que describía Julio; intentan derribarme, a mí, que soy el muro entre ellas y la hoja en la que quieren plasmarse; a mi cabeza que esta vez no es un puente sino una distancia física que obstaculiza a los protosintagmas.
Mis ojos buscan un punto fijo en donde detenerse a pensar mejor la combinación de letras, cómo escupirlas en la hoja; mis uñas, si acaso estaban pintadas, quedan corroídas por mis dientes estimulados por la ansiedad. Mi cabello no necesita de bucleras o ruleros, mis dedos histriónicos, al no poder enrular la birome en el papel, innovan mi peinado; mis pies marcan prolijamente las semicorcheas de esta melodía que se torna cada vez más intolerable.
Recibo al delirium tremens inducido por las letras sueltas que dan vueltas en mí. Siento cómo disfrutan de este proceso de deteriorización de mi aspecto.
Hago fuerza, quiero liberarlas, no soporto esta diarquía: las letras o yo. ¡Revolución! Gritaban las furiosas bestias y grita mi estética que se ve lentamente derrotada por el absolutismo de las letras que se encuentran en l’avant garde.
Entonces, decidida a sacudirme, a dejarlas hablar, a dejarme hablar, desenchufo mis dedos y tomo la birome–esa de trazo finito, irremplazable–, la apoyo sobre la hoja en blanco (sin renglones, por favor). Dejo en paz a mis uñas e intento no apretar tan fuerte los dientes.
A mis pies les dicto pianissimo, la melodía se vuelve más agradable, cierro los ojos y siento el viento que irrumpe por la ventana...el humo del sahumerio ya casi consumido se enreda nuevamente en mi olfato, respiro profundo. Entonces dehiscencia. La lluvia sobre el papel me deja sonreír.

Fui espiada a través de esos ojos hermanos míos, tan orientales. A través de esos ojos, siempre tan oscuros con algo de gotas de limón, siempre más estructurados que los míos, siempre tan escrutadores con mi conducta; otro par de ojos que yo desconozco se entrometió en mi camino y le inventó algo que llamó destino.
Anoche dos ojos miraron los de mi hermana e intentaron condicionar y determinar todo cuanto su memoria fotográfica haya archivado a corto plazo. Entre todo el revuelo de fotos amarillas apareció mi figura en las pupilas armenias y, sin pedirme permiso y sin escrúpulos, la dueña de los ojos infiltrados tiró unas fichitas y tiró la lengua acerca de lo que me depararía aquello que ella llamó destino, supuso cómo sería mi futuro. ¡Y pucha, santo Galeano, que yo también quería que sea sorpresa!
Para peor, muy tranquila intentó determinar mis dos pilares, mis dos sostenes, mis dos cables a tierra, el amor y la carrera, ¡mi amor y mi carrera! Que yo sepa, señora, usted no ha sido testigo de mis largas reflexiones acerca de ninguna de las dos cosas (aunque con esta introspección clandestina que ha hecho en mi vida, ya no estoy tan segura de lo que fue testigo o no), ni cómplice de mis elecciones, ni espectro en los momentos en que más disfruto a estas dos decisiones mías–y reitero el pronombre posesivo.
¡Pero no, fulana de ojos intrusos!...¡Sí, a usted le hablo! A ver si puede leer estas líneas también, ya que anda curioseando cosas que no le incumben; a usted que –parafraseando a mi amiga Layla Singarella– “se las sabe todas”, le pido con el respeto que no se merece, por andar metiendo su nariz en cosas mías, que no abra más la boca para suponer nada acerca de mí, ¡que yo no le he preguntado, mujer!
Si usted me conociera, sabría que, como aficionada al estudio del lenguaje, para mí no existe más tiempo que el tiempo en el que se habla, en el que se enuncia, que es el tiempo en el que se está, el presente. Y puedo hacer referencia también al tiempo en el que se habló porque hay ya una cadena de enunciados (un conjunto de palabras con sentido, señora, orientadas, que interactúan con otras) que determinaron y delimitaron una situación espacio-temporal.
Así de absoluto es el poder de la palabra, Madame Léonie (aunque mejor no le nombro a Cortázar, cierto que usted dijo que le queda chico), así que no la desgaste; ¡no es cuestión de que porque tengamos el libre albedrío andemos haciendo lo que nos de la gana! Y no me venga con lo que me va a pasar en el futuro, ¡que yo todavía no emití letra entonada!
Y no es para que me tomen por intolerante, ni mucho menos. No soy intransigente con el pensamiento mágico, lo respeto y le palmeo la espalda desde el costado izquierdo, como entidad que son...¡pero fue una palmadita, no me agarren el codo!
Bob Marley me cantó una vez “get up, stand up, ¡stand up for your rights!” y esta señora no respetó uno de los míos–el derecho de admisión a mi vida, y sí, ¡me lo reservo!– así que yo levanté mis dos armas de denuncia–birome y hoja en blanco– y me serví de la tinta que me da el sagrado Sistema de la Lengua para proferir mi desagrado hacia la irrespetuosa actitud de esos ojos.
¡Qué le voy a hacer! Para mí–como dijo alguien una vez–“la vida es una obra que no permite ensayo”, no me molesta improvisar, ¡me gusta! Y si llegara a existir la posibilidad de que haya un guión armado y la obra ya estuviera definida y determinada por alguien...¡No existe cosa que me enerve más que los que vienen y me cuentan el final!